martes 27 de diciembre de 2011

Correo de lectores

Un paso a la vez

Somos un pequeño grupo de alumnas de primer año del Profesorado de Educación Inicial de la Escuela Normal Superior Dr. Agustín Garzón Agulla.

En la curricula jurisdiccional, como parte de nuestra formación docente, se establece la inserción en organizaciones sociales. En este caso, tuvimos la oportunidad de realizarlas en la Red de Vecinos San Vicente, un contexto diferente al escolar que nos llevaría a profundizar la mirada sobre las prácticas educativas allí realizadas y reflexionar sobre otras formas de construir la educación.

Muchas dudas teníamos al respecto. La más resonante en el grupo era: ¿cómo nos recibirán? No podíamos apresurarnos a encontrar respuesta, ya que dependía de nuestra subjetividad y del nivel de expectativas generadas hacia el proyecto.

El primer día llegamos con una mezcla de sensaciones: nervios, ansiedades, curiosidades… A medida que íbamos saludando a cada uno de los integrantes de La Red, nos ubicamos juntas en una esquina del salón de reuniones (lugar que mantenemos hasta hoy aunque no sea necesario, dando cuenta de la estructura escolar a la que estamos acostumbradas), permanecimos en silencio e intentamos tomar notas. Ninguna de nosotras tenía muy en claro qué anotar, cómo realizar los registros o qué partes de la charla serían relevantes. Simplemente estábamos allí, poniendo el cuerpo en un contexto desconocido.

El trato de todos ellos fue cordial. El clima de la reunión, distendido y desestructurado. Entre mates y risas se trataron temas importantes y dialogaban con familiaridad entre ellos. Aunque invadidas por los nervios, pudimos hablar. Nos escucharon atentamente y plantearon algunas propuestas de trabajo en conjunto.

Al salir de la reunión nos relajamos, intercambiamos sensaciones y pensamientos. ¡¡¡Nos reímos!!!

Con el transcurrir de los días, las sensaciones de nerviosismo, de ser observadas y el miedo a equivocarnos se fue diluyendo. La predisposición para explicar y hacernos sentir parte de lo que allí pasaba en cada momento fue algo que queremos resaltar como valioso e importante de cada uno de los miembros de La Red. Cada una de nosotras encontró alguien con quién sentirse más cómoda al momento de preguntar, aclarar dudas o pedir información concreta.

Otro aspecto que nos parece importante resaltar es la figura del educador proyectada en cada uno de los integrantes. Los conocimientos circulan, se intercambian, se comparten, se construyen de manera tal que todos aportan sus saberes, los cuales no deben ser necesariamente justificados con un titulo académico. “Se sabe que cada uno en su trayecto de vida fue aprendiendo cosas que las quiere poner en común.”[1] Nuestros pequeños aportes fueron escuchados y valorados. A pesar de que considerábamos que no eran muy relevantes, ellos nos dieron la oportunidad de comprender que todo aporte, por más insignificante que parezca, tiene importancia y puede resultar enriquecedor para los demás.

Por último, sólo resta agradecer la amabilidad con la que nos abrieron las puertas a esta experiencia, la calidez en el trato hacia nosotras y la predisposición para ayudarnos a transitar este camino de aprendizajes significativos que se inscriben en nuestra formación docente expandiendo nuestros horizontes.

¡GRACIAS CHICOS Y CHICAS DE LA RED DE VECINOS DE SAN VICENTE!



[1]Zayat, Pol. ¡De Diez!... Cap. I – Pág. 41- Córdoba, 2011. Grupo Editorial Foja Cero.


Al Sr. Avelino Moreno:

En nombre del Grupo Amistad B° Altamira (G.A.B.A.) queremos saludarlo, agradecerle por todos estos años compartidos y destacar su ejemplar tarea comunitaria. Somos un grupo solidario de la tercera edad formado el 12/10/1989 que ha estado en esa casona que apreciamos tanto.

Por eso, Don Avelino, queremos destacar sus últimos años de trabajo, cuando lo nombraron delegado de los jubilados de La Fraternidad y se hizo cargo. Sus compañeros lo dejaron solo y sin dinero para enfrentar todos los problemas. Allí empieza su lucha, acompañado por su hijo, su familia y los amigos que se acercaban para ver lo que usted hacía. Y así empieza la lucha por esa casona que tanto ama. Desde el año ’60 esa casa le pertenece a todos los Fraternales que colaboraron para comprarla. Fue la casa de todos, con la mutual y la solución de los problemas compartidos.

Lo vimos vivir todos los días, con frío, calor o lluvia, para cumplir con la gente. Como le gustan las plantas, vimos flores en sus jardines, y globos de colores en las rejas después de cada evento para los niños de los jardines de infantes que venían a visitarlo y que miraban al trencito con asombro y corrían felices por los patios. Lo veíamos sufrir cuando los techos se llovían, cuando se rompían los caños, se hundían los pisos. Pero usted con su esfuerzo, su alegría y lucha vencía todos los obstáculos y no existía barrera que le impidiera seguir adelante.

Se presentaron por allí María Amelia Costa de Olmedo y Aldo Olmedo. Ella hija del maquinista Costa, con quien usted, Don Avelino, hizo su primer viaje con máquina a vapor. Así se formó el primer taller de folclore y así la casa abrió sus puertas para todos, dando oportunidad a los profesores para dictar sus talleres y la posibilidad para las familias de organizar eventos. Esto le dio vida a la Casa de la Fraternidad, con las risas de los niños, los abuelos, los jóvenes. Para usted todas las personas eran iguales y las atendía con la misma simpatía.

Quienes integramos G.A.B.A. nos sentimos muy satisfechos de haber compartido con usted ferias de platos, almuerzos, ferias artesanales y trueques. Usted se hizo de muchos amigos que colaboraron de alguna forma, y también aguantó muchas críticas. Pero usted siempre fue sincero.

Los festejos del día del niño con los niños del comedor Luz y Sol, las mateadas de las abuelas, los encuentros de tango y folclore, renovar cada año la tradición del Pesebre, eso no se olvidará jamás.

Estuvimos a su lado viéndolo luchar y sufrir por cada cosa que se llevaban. Cuando le pusieron el letrero de se vende y otro de se remata, su lucha y sufrimiento fueron cada vez más fuertes. Pero no se quedó quieto y buscó colaboración, porque esa casona es un Patrimonio Cultural. Y todavía sigue la casa en pie.

Hay mucho para decir de usted, que amó y ama tanto a La Fraternidad. Dejó parte de su vida aquí. Don Avelino: a usted y a La Fraternidad no le decimos adiós sino hasta siempre con todo el cariño y el respeto que usted se merece. Siempre estaremos a su lado, junto a la Red de Vecinos que trabajan con usted para defender los patrimonios culturales.

El G.A.B.A. agradece a todas las personas que se acercaron a colaborar con Don Avelino.

¡Que Dios bendiga a todos!

Córdoba, 23/06/08